23 mayo 2007

Cómo estropear un día perfecto en un segundo

Domingo, 10 am.

Día perfecto, estoy casi de vacaciones y no tengo nada planificado para hoy salvo desayunar viendo los dibujos y prepararme para a) jugar al ordenador, b) ver otro (s) capítulo de Héroes, c) leer, d) dar un paseo o e) (oe, oe, oe)sentarme/tumbarme en la cama sin hacer absolutamente nada (no me miren así, primero lo prueban y luego me cuentan).

Así que el desayuno iba a ser perfecto: podía tardar horas en prepararlo, porque me encanta pasarme horas saboreándolo.

Vaso de leche calentita, con miel, como siempre.

Vaso de zumo: dos naranjas y un limón, recién exprimido.

Un trocito de queso.

Una pieza de fruta, o dos si son fresas.

Y tostadas: el plato fuerte, con mantequilla y mermelada (fresa y albaricoque). Es lo último que me como, lo bueno siempre se hace esperar.

Lo termino de preparar todo y lo voy dejando en la mesita del salón. Sólo quedan las tostadas y me sentaré a disfrutar de una mañana perfecta.

En la tele ponen "El coche fantástico" y el día es soleado: El día fantástico.

Todo dispuesto. Vuelvo por última vez a la cocina para recoger mi tesssssoro: las tostadas, humeantes, recién hechas y con una pinta exquisita. Salgo de la cocina y ya saboreo todo el desayuno, mmmmm.

Y todo ocurre a cámara lenta: la puerta se abre, pero no soy yo, así que me soprendo. Pero pronto me doy cuenta de que no se ha abierto sola, no, es mi compi de piso, Amaia, recién levantada, o sea (te lo juro), de mala leche.

Ha abierto la puerta, pero no se queda allí sino que continúa hasta que choca conmigo, pero ¿qué hay entre ella y yo? Sí, MIS TOSTADAS!, y veo, ralentizado, cómo vuelan hasta ir cayendo despacio al suelo. POM, la de fresa, POM, la de albaricoque. NOOOOOOOOOOOOOOO.

Y ahí aparece Murphy: las tostadas caen por el lado de la mermelada/mantequilla, por lo que quedan pegadas al suelo sin posibilidad de recuperación.

Me acaba de fastidiar el desayuno, la mañana, la tarde, el día y quién sabe si la semana entera.

Mi mirada asesina pretende hacerle comprender a Amaia que estoy enfadado, pero se da la vuelta y su mirada es mejor, congela la mía. Estaba esperando un "lo siento" o algo parecido, pero me he visto mis manos vacías en las que crecía una nueva arruga y he desistido.

Llego abatido al salón y me dejo caer en el sofá. No el vaso de leche, ni el zumo, ni el queso, ni la fruta saben igual. Incluso me empiezo a cuestionar si había más vestuario en "El coche fantástico" que esa chaqueta de cuero del prota. ¿Y los peinados de las chicas? ¿Y esas hombreras? ¿Y yo quería un coche como ese? ¿En serio!!? Vamos hombre, qué estafa.

Y encima tengo que limpiar el estropicio!!!! Vaya domingo me espera...


Nos leemos en el siguiente,


Elliot.

26 abril 2007

Empezando con buen pie... o culo

10:30 am.
Una sala llena de gente. Algunos leen, otros miran al infinito, otros cuidan de algún bebé, dos o tres hablan por teléfono, pero todos, absolutamente todos, están mortalmente aburridos. Llevan esperando que les atiendan entre cinco minutos y dos horas.
Bienvenidos a una oficina del INEM.

Yo entro a las 10:33 am. Observo a mi alrededor y sólo veo gente y unas mesas donde una persona habla con otra persona sobre cosas que no entiendo mucho.
Así que ahí me encontraba yo, en medio de algo completamente desconocido para mi, por lo que me costó acostumbrarme a ese nuevo escenario que nunca había pisado.

Y lo que todavía entiendo menos es que tengo que coger algún tipo de ticket porque esto, como la carnecería, va por número. (¿Me pone cuarto y mitad de camionero? No mire, eso en la mesa B131, aquí sólo le podemos ofrecer un kilo de administrativo en una gran empresa envasado al vacío. Ay, sí, perdone y gracias)
Pregunté qué ticket debía coger. Cogí el número 54 e iban por el 13…

Como parecía que la cosa iba para largo, opté por realizar el siguiente recado que tenía en la agenda: Apuntarme a inglés en la Escuela de Idiomas, así que allá que me fui.
Estaba también cerca de mi casa, no tarde en ir, coger la inscripción, preguntar dudas y volver a la oficina de empleo.
Cuando llegué sólo habían pasado tres personas, pero traté de mimetizarme con el entorno, así que me cogí un periódico de esos gratuitos, Metro, ADN, DNI, o algo de eso y me puse a leerlo. Y como no había asientos libres me apoyé en una pared, pero pronto me di cuenta de mi error.

Como llevaba la mochila no me percaté de que había una palanca en el trozo de pared en la que me había apoyado. Debí de activarla de algún modo, porque de repente la pared se abrió (así sin más, ni ábrete sésamo ni nada) y consecuentemente yo caí literalmente de culo al otro lado de la pared.

¿Saben esas tortugas enanas que algún amigo tenía siempre en una de esas peceras-isla de plástico con palmerita y todo? Pues más bien parecía una de ellas cuando las poníamos boca arriba… (o cáscara abajo…)

Al darme cuenta de que no me había apoyado en la pared sino en una puerta (esta sí que estaba mimetizada con la pared) de emergencia con esas barras que empujas y se abren, me entró un ataque contagioso de risa, aunque no sé si empecé yo o empezaron a reírse las 80 personas que seguían aburridas sentadas esperando su turno.
Con tanta gente riéndose de mi, sentí algo parecido al ridículo, por lo que salí corriendo y acabé apuntándome a alemán.

Nos leemos en el siguiente,

Elliot.

PS: Al final logré apuntarme, bajo la atenta (y divertida) mirada de los que estaban detrás de mi en la cola…


17 abril 2007

Estucado y gotelé

Me encanta lavarme los dientes. es una sensación tan agradable...
Tras tres años con aparato me acostumbré a lavarme los dientes cada vez que comía algo: desayuno - dientes, comida - dientes, una galleta - dientes, un chicle - brackets fuera.

Las minúsculas partículas de comida se te quedaban enganchados por toda la boca como si de garrapatas se tratara...

Por eso ahora, el momento de terminar de comer y meterme en el baño para cepillarme los dientes es todo un placer. Cojo el cepillo, le quito el capuchón, lo mojo, abro la pasta dentífrica, vierto una pequeña cantidad sobre el cepillo y... ¡Chiqui, chiqui, chiqui, chiqui, chiqui!

Arriba y abajo con el cepillo por todos mis queridos, pequeños y enfermillos dientes.

Pueden pasar segundos o minutos, pero me resulta tan agradable... (salvo cuando me confundo y vierto jabón de manos en vez de pasta como en "Blanco perfecto")

Pero ayer, lo de ayer, no me había pasado nunca.

Termino de cenar, recojo el plato y como la publicidad en la tele te da para tantas cosas, aproveché y me metí al baño para lavarme los dientes.

Como un cirujano preparé el material: cepillo de dientes, pasta y el aparato para después.

Y empieza el ritual: saco el capuchón del cepillo, lo pongo bajo el grifo para que esté húmedo, abro el bote de la pasta de dientes, vierto un poco sobre el cepillo y empieza la limpieza. ¡Chiqui, chiqui, chiqui, chiqui, chiqui!

Y en el mismo momento en que llego al clímax de la situación; es decir, cuando se ha creado tanta espuma que parezco un perro con la rabia, sucede lo inesperado...

Ah, ah, ah, ah, ah, ah, ah, ah, ah.......... ATCHIIIIIIIIIIIIIIIIIIS!!!!!!!!!!!!

Ocurrió ayer y hoy todavía estoy limpiando el baño.


Nos leemos en el siguiente,


Elliot.

13 abril 2007

Chucho o muete

Me meto al ascensor con las bolsas de la compra y justo en el momento en que las puertas se van a cerrar... ZAS, se cuela la vecina del décimo, un piso por encima de mi. Pero no viene sola, no, viene con un ser mitad rata mitad gremlin y que además ladra.
Por un momento creo oir alucinaciones porque sólo le oigo ladrar, pero no lo veo. Creo que tengo bolis más grandes que ese..., eso..., esa... cosa.
Bueno, pero por lo menos va atado con correa.

33 segundos, 9 pisos, 166 escaleras hablando del tiempo, de qué cara se ha puesto la vida con el euro, de que este ascensor es muy oscuro y un montón de estupideces más, mientras el maldito chucho no para de dar vueltas por mis pies.
Reconozco que alguna patada mía se ha llevado cuando la dueña estaba mirando hacia otro lado.
Que la señora miraba hacia el techo para indicarme que se ha fundido una bombilla, ahí estaba mi pie apartando con un leve empujón a la rata esa. Leve, porque si es una patadita normal, con lo que abulta el chucho creo que lo hubiera empotrado y se hubiera quedado de gotelé en el ascensor.

Pero por fín llegamos a mi planta. Salgo del ascensor (adiós, adiós, adiós) y saco las llaves del bolsillo para abrir la puerta.
De pronto, un grito me hace soltar las llaves:

Grito:
- MI PERRO!!!!!!! SUELTA A MI PERRO!!!!!!!!

Me extraño y me doy la vuelta, y a mis pies veo una cosa marrón que olisquea mis bolsas: EL CHUCHO.
Pero le ocurre algo raro, se va yendo hacia atrás, hacia atrás, a pesar de que el animalillo intenta, desesperadamente, agarrarse al suelo.
Entonces me doy cuenta: el chucho está en mi rellano, el noveno, pero la vecina ya está subiendo hacia su rellano, el décimo, así que el perro tiene de tiempo lo que dure la correa para no morir ahorcado con las puertas del ascensor.

Todo ocurre en un par de segundos: la vecina me grita, yo avanzo hacia el perro que sigue yéndose hacia atrás, intento quitarle la correa, pero nunca he tenido un perro así que no sé cómo hacerlo.
El chucho se acerca peligrosamente al ascensor, la vecina sigue gritando desesperada y yo sigo sin encontrar el mecanismo que suelte la correa.
Por fin, cuando el chucho ya empieza a subir por el resquicio de la puerta, corto la correa y el perro, soltando un gritito ahogado (y nunca mejor dicho) cae a mi rellano sin la soga que iba a matarlo.
A todo esto, la vecina ya ha salido del ascensor y ha bajado las escaleras corriendo y con lágrimas en los ojos. Coge a su mascotilla y empieza a abrazarle.
Ante semejante cuadro, cojo mis bolsas, abro la puerta de mi casa, le digo adiós y cierro la puerta, mientras la señora sigue besuqueando a su ratilla, digo, perrillo. Ya he hecho la buena acción del mes o incluso del año, porque salvar a semejante... bicho, me va dar el cielo. Pero hasta ahí podíamos llegar.

Han sido unos instantes de auténtica tensión (riánse del amigo Hitchcock), pero lo que es ahora, días después, es que no consigo entrar en ese ascensor sin acordarme con una gran carcajada de lo que podría haber pasado: un chucho subiendo un piso, por fuera del ascensor!!!



Nos leemos en el siguiente,

Elliot.

26 marzo 2007

Lucía, Elliot y...

Ahora que llega el cumpleaños de una amiga mía a la que echo mucho de menos, me he acordado de una historia que protagonizamos los dos, un día que salimos juntos a pasar la tarde a un centro comercial que había en el poblado, donde vivía antes.

La película que queríamos ver era "Los padres de él", pero no sabíamos el horario, así que fuimos a las cuatro de la tarde. Descubrimos con pesar, al llegar a la taquilla, que la película tenía un único pase a las seis de la tarde.

Buff, dos horas esperando en un cutre centro comercial...

Como no nos apetecía volver a casa a esperar, decidimos hacer una excursión por el edificio.

Con muchísima alegría descubrimos que había una tienda de animales y allí que nos fuimos.

Con toda la tranquilidad del mundo nos paseamos por todo aquel extraño mundo del reino animal. Vimos pájaros de un montón de especies, perritos, gatitos, ratoncitos y otros animalillos de compañía normales y corrientes. Pero había otro tipo de bichos, como las iguanas, las tortugas gigantes, loas cocodrilos enanos o las arañas, que también se vendían en esa tienda.

Y llegamos a la sección de los peces, la favorita de Lucía.

Peces naranjas, amarillos, verdes, azules, que brillaban en la oscuridad. Grandes, pequeños, con motitas, lisos, con bigotes, con pinchos y una barbaridad más de especies que poblaban las millones de hileras de peceras que había en una de las paredes.

Me acuerdo que nos acercamos a un acuario que estaba un poco apartada, un poco más grande que las otras peceras. Qué buena pinta tenía. Supongo que era una especie de chalet para peces, o para otros bichos, pero uno grande, en comparación con el resto de apartamentos en los que convivían los demás especímenes.

Nos asomamos y nuestras caras quedaron a unos escasos tres centímetros del cristal. Comenzamos a investigar qué clase de animales vivían en esa enorme mansión.

Lucía:

- Igual están dormidos dentro de esa especie de nave espacial que hay en el fondo.

Elliot:

- Si, puede ser, pero si son peces, nunca he visto que los peces duerman cada uno en su camita.

Lucía:

- ¿Te imaginas, cada uno en su habitación, con su camita y su escritorio?

Elliot:

- Sí, y compartiendo la cocina y el baño, como nosotras, jajajaja.

Nos reímos durante un rato de nuestras ocurrencias y seguimos investigando. Ya han pasado diez minutos desde nuestra absurda conversación sobre los peces en piso compartido, pero seguimos sin ver absolutamente a ningún bicho.

Lucía:

- Jajajaja. Y si hay peces-bebé, entonces estarán en sus cunitas, jaja.
Otros cinco minutos, y ya van quince desde que empezamos a mirar el acuario.Y seguimos divagando (y cada vez vamos a peor) sobre los especímenes que habitan lo que ya hemos bautizado como "la mansión", mientras nos reímos a carcajadas, com si estuviéramos solos en la tienda.

Lucía:
- Debe de ser que son animales vergonzosos...

Elliot:
- O, como los camaleones, no los vemos porque están mimetizados con el ambiente.

Lucía:
- Ah, claro, son peces de camuflaje.

Elliot:
- ¿Peces de camuflaje? Jajajaja, qué bueno. Es verdad, puede que tengan las escamas verdes, o azules para que no los vean en el agua...

Y nos partimos de risa por segunda vez.

De repente, se asoma una cabeza antre las nuestras que dirige la mirada hacia el interior del acuario, como nosotros que nos dice:

La tercera cabeza:
- Podría ser, pero no...

Nos giramos hacia la tercera cabeza y nos quedamos mirando hasta que vuelve a contestar:

La tercera cabeza:
- Siento desilusionaros, pero... (baja la voz y nos susurra) Es que no hay peces...

Lucía y yo nos miramos. Creemos que la tercera cabeza, que resulta ser un dependiente, ha debido de estar ahí, detrás de nosotros durante los veinte minutos que llevamos mirando el acuario. Así que no se nos ocurre otra cosa que echarnos a reír del todo.
No me acuerdo si le dimos las gracias, pero sí me acuerdo de que salimos de la tienda (había pasado una hora y media), llegamos al cine, compramos las entradas, las palomitas, fuimos al baño, llegamos a la sala, nos sentamos en la butaca, empezó la película, terminó, llegamos a casa y todavía nos estábamos riendo...

Nos leemos en el siguiente,

Elliot.

PS: Cada vez que le envío un mail a Lucía, firmo como "Pez de camuflaje". Somos absurdos, sí (¿se sorprenden?), pero me sigo riendo cada vez que me acuerdo...

23 marzo 2007

Los nervios, qué malos...

Voy a mi primera entrevista de trabajo. Pero en mi línea: sin saber qué autobús hay que coger, ni dónde tengo que pararme, ni nada... Así que me voy a la aventura, bien vestido, pero como si fuera a la Ruta Quetzal.
Algo me comenta alguien de que el autobús se coge no muy lejos de mi casa, así que allá voy, a "no muy lejos de mi casa". Y otro alguien me dice, no sin dudas, que el número del bus es el 572. No sé si fiarme, pero como no tengo otra cosa...
Llego a no muy lejos de mi casa y resulta que es una plaza enorme, por lo que tendré que recorrerla entera buscando la parada del 572. Empiezo y miro todas y cada una de las paradas. Nada, doy la vuelta entera y descubro, entre cabreado y divertido, que la parada del 572 está en el primer sitio donde he estado. Sin comentarios.

Subo al autobús y le pregunto al autobusero si podría indicarme la parada del Edificio 2. Me dice que, por supuesto, y que no me preocupe.
Me siento y no me preocupo. Miro el paisaje mientras tanto y me voy fijando en el camino, creo que donde voy a hacer la entrevista está fuera de la ciudad, realmente lejos, así que me relajo, ya me avisará el autobusero.
A los diez minutos (o menos) el autobusero de indica: "En la siguiente, te puedes bajar, porque el edificio al que tú vas es ese" y me señala el edificio de enfrente. Miro el reloj, sólo han pasado 7 minutos desde la parada. El fin de mundo está más cerca de lo que pensaba...
Le agradezco la amabilidad y me bajo.
Llego a la entrada del edificio y llega la gracia que tengo que hacer en las entrevistas, nunca se me han dado bien, pero esta se lleva la palma...
Me recibe una recepcionista en el hall del edificio, y esta es la conversación:

Recepcionista:
- Buenas tardes, ¿en que puedo ayudarle?

Elliot y sus nervios:
- ¿Javier Dominguez? (luego, ya más tranquilo en casa pensé: la respuesta a "¿En qué puedo ayudarle?" no es precisamente "Javier Domínguez", Elliot, pero bueno, ya estaba hecho)

Recepcionista:
- ¿Me dice su nombre y me deja el DNI, por favor?

Elliot y más nervios:
- Elliot Potter. (y saco el DNI de la mochila y se lo entrego a la recepcionista)

La recepcionista apunta mis datos en el ordenador (¿esto no es ilegal?) y después de un rato me lo devuelve. Coge al auricular y con él en la mano me pregunta:

Recepcionista:
- ¿De dónde?

Elliot en su máxima expresión:
- De Withsundays, Australia. (Yes, I'm a Erasmus Boy!)

Pero la recepcionista me mira de un modo raro, frunce los labios y su mirada es bastante fría. Recompone su cara un poco, me mira como si fuera un niño pequeño y suspira mientras me pregunta:

Recepcionista:
- No, que de qué empresa viene!

Elliot, intentando que la tierra o la planta de la recepcionista se lo tragara:
- Eh... no... vengo a hacer una entrevista...

Recepcionista, con cara de malas pulgas (pobres):
- Espere ahí, por favor.

Y yo huyo de la recepción y me siento en un sofá al otro lado de la recepcionista y fuera del alcance de su mirada asesina.

Pero, lo que yo digo, bueno sí, no he entendido la pregunta a la primera, pero tampoco me parece para tanto, ¿no?
En fin, qué malos son los nervios... (pobres, también, siempre echándoles la culpa de nuestra incompetencia...)

Por cierto, la entrevista después fue bastante bien, creo, pero como siempre meto la pata y no me doy cuenta hasta días más tarde...
Ah! Y después de la gran anécdota con la recepcionista, llegó una sorpresilla... Coincidí de nuevo con el autobusero que me había llevado Y ME INVITÓ AL VIAJE DE VUELTA!! Nunca me había pasado, pero fue genial... Ojalá nos volviéramos a encontrar.

Nos leemos en el siguiente,

Elliot.

2 relatos, 10 currículums... y 1 IDIOTA (2ª Parte)

Nada, allí no estaban. Mientras los macarrones se enfriaban en el salón, mi cabeza intentaba averiguar dónde los podía haber olvidado: ¿la tienda de las fotocopias? No, recuerdo haber cerrado la mochila con ellos dentro antes de salir de la tienda. ¿La biblioteca? No recuerdo haberlos sacado de la mochila, así que lo descarto.

Y entonces caigo (que no “me caigo”, que es distinto): CORREOS!!!!

Para que nos e me arrugaran metí los currículums en el sobre donde estaba el relato que YA HE FRANQUEADO EN CORREOS. No puede ser. Pero lo es, fíjate qué fastidio.

No me lo pienso dos veces y salgo, con los macarrones diciéndome adiós desde el plato, corriendo a la calle en busca del sobre, suplicando que Correos continúe siendo la empresa que peor funciona cuando se trata de mí.

La media hora que me ha costado llegar la primera vez por la mañana se convierten en diez minutos esta segunda vez.

Con los pulmones todavía en el portal, llego a Correos y me dirijo a la misma ventanilla. No está el tipo que me ha atendido, así que le tengo que preguntar a una señora. “Oiga, arf, arf (me quito el sudor de la frente) ¿ya se han llevado las cartas, arf, arf, (más sudor) que se han entrgado hace... 1 hora?”

La mujer revisa la mesa y sentencia:

“Uy, sí, ahora mismo se los han llevado, porque llegan a las tres y media y son y treinta y cinco...”

Si fuera un personaje de Amèlie, en estos momentos me descompondría en trocitos que caerían al suelo en forma de lágrima, pero no lo soy, así que sólo sonrío como un idiota y me voy arrastrando los pies... Para una vez que funciona bien Correos y tiene que ser, ¿precisamente ahora?

Nos leemos en el siguiente,

Elliot.

PS: No sé si han participado en algún concurso de relatos, pero siempre, en las bases de cualquier concurso destacan que envíes los relatos y en el mismo sobre otro más pequeño con tus datos personales. Por eso de no saber quién lo escribe hasta que se sepa el ganador. Pues bien, cuando el jurado abra mi sobre, no sólo se va a encontrar los dos relatos y el sobre más pequeño perfectamente cerrado, sino con: mis datos personales, mis datos académicos, mis datos laborales, mis datos extra escolares, mis datos de interés y una foto. Y todo eso, MULTIPLICADO POR 10!!!

2 relatos, 10 currículums... y 1 IDIOTA (1ª parte)

Me encanta tener cosas que hacer. Porque me gusta mucho apuntarlas en mi libretita mágica o en una agenda que acabo de hacerme. Me gusta tanto porque lo que realmente me encanta es tachar las cosas que ya he hecho. A veces, llámenme raro (que lo soy), soy capaz de apuntar cosas una vez realizadas sólo por el placer que me produce el tacharlas. Así que este día empezaba con muy buen pie, tenía 3 cosas que hacer en 3 sitios diferentes, y estaba encantado.

Lo primero que debía hacer era imprimir unos currículms, así que preparé el “pen drive” para que el fotocopiero no tuviera problemas en encontrarlo o se confundiera de documento. Es un poco peculiar, el fotocopiero de mi barrio, porque nunca te saluda y te habla un poco gritando, pero es barato y está debajo de mi casa, así que es perfecto. De hecho, me encanta hacer todo lo contrario que hace él, yo le hablo muy bajito y le saludo siempre, aunque no tenga nada que fotocopiar, jeje.

Así que me bajé a la tienda, le di el “pen drive” y me imprimió las hojas. Las guardé, pagué y me fui, no sin antes desearle que tuviera un día estupendo (literal, me encanta ser tan cursi con gente que no lo es).

Qué buen día hacía, yo estaba radiante, parecía que el mundo estaba sonriéndome, así que me dirigí a mi segunda estación: la biblioteca pública. No es la del barrio, por lo que me tengo que dar un paseo de una media hora para llegar, pero es más grande, tiene muchas más películas y hacía tan buen día que no me importaba el paseo.

Con mis gafas de sol y con una sonrisa radiante en la cara crucé todo mi barrio y parte del otro hasta llegar a mi destino, Biblioteca José Hierro.

Es estupenda porque tiene muchas plantas y los ascensores son de cristal, por lo que puedes ver el edificio por dentro y a las personas cada vez más pequeñas. Cero que en alguna ocasión he sentido vértigo, pero entra dentro de su encanto.

Fui directamente a la planta 6, que es donde están las películas, ya que Laura quería ver “Fraude” de Orson Welles. La cogí y como había ordenadores libres, pedí sitio para Internet. Quería ver qué tal estaban todos mis amigos y no tenía otra cosa que hacer. Bueno, sí, una más, pero tenía tiempo suficiente.

Así que me pasé una hora, que es lo que te dejan en esta biblioteca (en la del barrio sólo 45 minutos) mirando mi correo, respondiendo y enviando mensajes, actualizando el diario, mirando pisos de alquiler, mirando becas, cursos y viajes al extranjero, películas de estreno, las bases de un concurso de relatos al que quería apuntarme y un millón de cosas más. Reconozcámoslo, una vez que has mirado el correo y tres o cuatro tonterías más, el resto del tiempo lo inviertes en chuminadas. O eso o tienes un millón de amigos y TODOS te escriben diariamente. Y no es mi caso.

Cuando quedaban tres segundos para que el ordenador se autodestruyera; es decir, para que se cerrara la sesión, me fui de la biblioteca y me dirigí a mi tercera y última etapa de la mañana: una oficina de Correos. Y como ya tengo dos controladas que no cierran al mediodía, pues todo fue sencillísimo. Entré en la oficina, cerré el sobre que contenía el relato para un concurso y lo entregué en la ventanilla. “1’92”, me dijo el señor de la ventanilla. “Vaya, pensaba que sería menos”, pensé, pero pagué el sello y me fui a casa más contento que un regaliz.

Ya era la hora de la comida cuando llegué a mi casa, así que comencé a preparar la pasta que me tocaba ese día y mientras recogí las cosas de la mochila. Por la tarde la tendría que utilizar otra vez y quería vaciarla para que no pesara mucho.

Entre unas cosas y otras, los macarrones ya estaban listos, así que puse la mesa y empecé a comer y de pronto... ¿Y los currículums?”, me pregunté.

Cuando saqué las cosas de la mochila no los vi y los necesitaba para mandar las cartas que ya tenía escritas. Me levanté del sofá y me puse a buscarlos en mi habitación.

CONTINUARÁ...

17 marzo 2007

Madre Mía (Mamma Mía spanish version)

O: ¿qué narices estoy haciendo aquí? 2ª parte...
Es jueves. Mi día comienza muy temprano y termina muy tarde y con un montón de cosas en medio...
He ido a la facultad para hablar con un profesor sobre un trabajo que tengo que hacer y que me ha invitado a un vaso de leche.
Después de la reunión (donde no se me ha caído la leche de milagro) voy camino de casa de mis ex compañeras de piso con quienes había quedado para comer (una estupenda pizza en unos espectaculares platos triangulares) , y una amiga de Barcelona me llama por teléfono. Vamos a quedar esa misma tarde porque hace un montón de tiempo que no nos vemos y ha venido a la ciudad, claro.

Tras la pizza, me voy a la biblioteca, pero enseguida me vuelve a llamar Susana (mi amiga de barcelona) para decirme que me pase por el hotel donde ella se aloja cuando quiera. (¿Quieres algo, preciosa?, jeje)


Así que allá que me voy. Pero algo extraño ocurre en el camino, porque no sé cómo ni por qué, pero poco tiempo después me veo sentado en una mesa en el hall de un hotel con una entrada para ver el espectáculo de Mamma Mía esa misma tarde.
A las ocho de la tarde mi amiga Susana me presenta a una madre y a una tía que me invitan a tomar algo en la cafetería del hotel. Sentados en esa mesa me miro en uno de los espejos que cubren las paredes y no me reconozco. Pienso por qué narices estoy allí, yo iba a charlar tranquilamente con mi amiga un rato y a irme a casa, pero no, ahí estaba yo, en un hotel, en una silla que me daba vértigo y con una entrada para Mamma Mía en las manos.

A las 20:25 nos levantamos (despaaaaacio, qué duro es ser mayor, jaja) y vamos hacia el teatro (cruzar la calle, no más).
Les resumiré el espectáculo en dos palabras: MAMMA MÍA!
Me gustó muchísimo y se lo recomiendo, de veras, aunque yo ahora no les podría acompañar y verlo de nuevo por falta de presupuesto, jeje. (Susana, te lo devolveré, lo prometo)

Y ahí parecía que se iba a terminar un día perfecto en el que no había parado ni un segundo. Pero... se trata de mí, así que, por supuesto, la historia continúa...


11 de la noche (aprox)
La madre y la tía me invitan a cenar con ellas, yo digo que no, pero como ya me había pasado antes por la tarde, cuando volví a abrir los ojos estaba sentado en una silla junto a 8 personas más, de las cuales sólo conocía bien a una y a otras dos había conocido sólo unas horas antes. El resto ni papa. Ah! bueno y un detallito, una de las personas a las que no conocía era NINA, sí, la de Operación triunfo y la coprotagonista del espectáculo. Digamos que mis pensamiento durante toda la cena fue... ¿Cómo lo hago? Creo, Elliot, que tienes un serio problema para meterte en situaciones extrañas cada vez que sales de casa...


Pero allí estaba, comiendo un pollo al limón, que no era otra cosa que un filete de pollo (sigo sin saber si al pollo lo aplastaron para sacar semejante filete o es que el pollo era talla XXL) con una rodaja de limón, con 7 desconocidos y mi salvadora, Susana, que me evitó pasar más vergüenza de la justamente necesaria.


A la una y cuarto y con eso de que el metro se cerraba, y tras un autógrafo, besos, adioses y varios "Ten cuidado, no te pares a hablar con nadie", pude escabullirme de la cena, un poco antes de la cuenta (de la cuenta de pagar, no de la cuenta que se dice en la frase "Llegamos antes de la cuenta porque los pillamos..."). Mis dudas eran evidentes, no conocía a nadie, pero supongo que en el restaurante nadie hace el primo como yo y trabaja gratis, ¿no? aunque teniendo en cuenta que llevaba tres euros y doce céntimos en el bolsillo, no creo que me hubiera llegado ni para la rodaja de limón.

Pero fue una tarde y un día entero estupendos. Me alegré un montón de ver a mis ex compis, a mi amiga y vi un espectáculo genial. Y encima me fui cenado a casa!!!!!!!!!!!

Bueno, y una foto para inmortalizar el momento, jeje.


Nos leemos en el siguiente,

Elliot.

PS: Pronto, muy pronto "Dos relatos, diez currículums...Un idiota."

27 febrero 2007

Dos de autobús

Esto de viajar en autobús es una mina en cuanto a anécdotas.
Aquí van las dos últimas de mi último viaje.
La realidad siempre supera la ficción.
Breves, pero sin desperdicio.

"No me chilles que no te veo"

Llego a las estación quince minutos antes de la hora. Como ya me ha pasado alguna que otra vez (Véase: Tú a Londres y yo a...) me aseguro que ese es el autobús que debo coger. El autobusero no está, así que le pregunto a una señora:

Elliot:

- Oiga, ¿este es el autobús de las 17:45 para Madrid?

Señora:

- No, este es el de las seis menos cuarto.

"Atrapado por su pasado"

Es la hora, ya me he sentado y ya estoy escuchando mi querida emisora, la que sólo tiene dos discos. El autobús arranca y sale de la estación. Alguien grita de repente:

Alguien:

- Oiga, pare.

Nadie contesta. De nuevo:

Alguien:

- OIGA, PARE!.

Y todo el autobús:

- OIGA, PARE. OIGA, PARE. OIGA, PARE.

Hasta que el autobusero para, y dice:

- ¿Qué ocurre? ¿Falta alguien?

Alguien:

- No, yo sobro, que sólo he subido para despedirme de mi nieta y ahora casi me voy con ella...

Y alguien se baja.


Nos leemos en el siguiente,

Elliot.

PS: Próximamente: "Dos relatos, 10 currículum... 1 IDIOTA".
No se la pierdan!!!