27 octubre 2009

Supermerca 3

La de juego que están dando los supermercados...

No es que nos pasemos la vida comprando en este país, es más, pasamos más tiempo comparando precios y descubriendo nuevos tipos de panes que comprando, que la economía no está para muchas cosas.

Pero es que siempre pasan cosas en los centros comerciales. Vale, siempre NOS pasan cosas en los centros comerciales.

El viernes, por hacer la gracia y porque no teníamos otra cosa que hacer más interesante, nos fuimos a una gran superficie de esas en las que entras pensando en comprar una cosa y terminas con el carro lleno. (Nunca es nuestro caso)

Y decidimos coger unos de esos carritos que aquí te encuentras en todos los sitios porque no necesitan moneda. Si esto fuera España... los supermercados no ganaban para comprar más.

Es Laura quien decide llevarlo, y me parece bien, es viernes y no me apetece hacer nada.

Cogimos el carrito a unos cien metros de la entrada, así que nos entretuvimos en el camino haciendo carreras por el aparcamiento. Era viernes por la mañana, así que no había muchos coches.

Llegamos a la puerta del supermercado y vemos que nos indican por la puerta giratoria de la izquierda porque los carritos no pueden pasar por la de la derecha. Así que allá que fuimos.

Nos metemos en la puerta y... AHÍ NOS QUEDAMOS.

Ni para delante ni para atrás, la puerta giratoria deja de ser giratoria y nos quedamos encerrados en medio.

Después de tantas y tantas aventuras, esto nos parece tan absurdo (y mira quién lo dice) que sólo se nos ocurre ponernos a reir estúpidamente mientras el guardia de seguridad viene corriendo porque la gente se ha parado delante de la puerta y se empieza a generar cierta confusión.

Yo sólo puedo sentirme como un mono detrás de los barrotes de su jaula en el zoo, pero sigo sin poder parar de reírme y menos si miro a Laura a la que se le van a saltar las lágrimas y las gafas.

Tres (pero qué tres) gloriosos minutos después, un consumidor empuja la puerta hacia el otro lado de por donde nos habíamos metido nosotros. Así que poco a poco, vamos retrocediendo hasta volver al punto de partida.

El guardia de seguridad nos mira mal y nos empieza a decir algo que no entendemos. Hasta que nos señala el cartel que hay encima de la puerta y comprendemos: la puerta giratoria sólo era de entrada, así que entras por el lado contrario, la puerta se bloquea y deja de dar vueltas.

Yo le doy las gracias por la explicación y Laura pide perdón por la confusión. Y otro ejemplo más de cómo es este país, el guardia nos sonríe y nos dice que no pasa nada, que el danés es así de incomprensible!!!

Con los abdominales todavía doliéndonos por la risa, entramos al supermercado, pero sé que en cuanto lo volvamos a pisar saltará una alarma en el sistema con un mensaje que diga:

CAUTION!!! CAUTION!!! CAUTION!!!

Por supuesto, el total de nuestra compra ha supuesto unas 15 koronas, poco más de dos euros. Para qué pagar una entrada carísima para un parque de atracciones si tienes supermercados con entrada gratuita???!!!!!!

Nos leemos en el siguiente,

Elliot y Laura.

23 octubre 2009

De convivencias

En la cocina de mi alojamiento existe un artefacto similar a una jarra que sirve para calentar agua. Llenas el envase, lo pones encima de una placa que calienta y en dos minutos tienes lista el agua para el té.

Un invento magnífico, útil y parece que imprescindible para la gente de por aquí (no solo daneses, sino de cualquier país) porque hoy ha sucedido una pequeña tragedia.

Nos levantamos Laura y yo y cuando salimos a la cocina, vemos a cuatro de nuestros compañeros revisando la jarra mágica que convierte el agua del grifo en té. Les pregunto qué pasa y me dicen que no funciona. Una de las chicas suspira afectadísima, otro recoge su taza y se va de la cocina y los otros dos continúan intentando reanimar al pobre electrodoméstico.

No pillamos mucho de danés, pero por el tono, creemos descubrir que están bastante cabreados, parece que se les ha muerto un ser querido y especial y que ya no van a poder beber té para el resto de sus días.

Yo me quedo mirándoles extrañado porque no entiendo la gravedad del asunto. Y Laura lo demuestra científicamente. Coge un vaso, lo llena de agua y lo introduce dos minutos en el microondas. Lo saca, coge una bolsita de té y la mete dentro del agua. En treinta segundos, lo que me cuesta a mi sacar las tostadas, el agua del vaso se tinta de té negro. Perfecto y listo para beber.

Los otros tres chicos (que poco más y le hacen el boca a boca a la jarra) miran atónitos cómo Laura se empieza a beber el té mientras pone la mantequilla en las tostadas.

Nos vamos a la mesa a desayunar mientras el chico alemán coge su vaso, lo llena de agua y lo mete dos minutos en el microondas.

Cinco minutos después, el chico alemán se sienta con nosotros en la mesa a tomarse su té, tranquilamente.

Y terminamos de desayunar con la sensación de haber ganado mil puntos entre los estudiantes con quienes compartimos la cocina.

Qué sencilla es a veces la vida y cuánto nos la complican las máquinas.

Pero, sobre todo, qué bien se siente uno al cerrar la puerta de la cocina con una sonrisa de triunfo en la cara.

Nos leemos en el siguiente,
Elliot y Laura.

PS: La jarra ha resucitado, pero creo que ya no les importa tanto que no funcione tan bien como antes. Si es que... como diría mi prima ex-inglesa y pronto prima tailandesa... Hay que ser falto!!!!

21 octubre 2009

Supermerca 2 (Donde las dan...)

Volvemos al super y volvemos a no entender nada de lo que pone en las etiquetas, la gente habla inglés, pero las patatas no.
Divisamos un tarro de algo que nos parece mantequilla, pero como no estamos seguros y no queremos llegar a casa con comida para perros, Laura decide preguntar a una señora que pasaba por allí.

Ni corta (bueno, un poco, para qué vamos a mentir a estas alturas) ni perezosa, a la muy... no se le ocurre otra cosa que decirle a la señora: Was ist das? así, en alemán y sin remordimientos (por ahora), que no quiere decir otra cosa que "Qué es esto?".
Con tan mala fortuna que la señora no solo sabía inglés, sino que también sabía alemán.
Diez minutos y veinte asentimientos de cabeza por parte de Laura después, me viene a buscar al otro lado del pasillo en el que me estoy escondiendo para que no vea que se me va a salir al diafragma de tanto reirme.

Tres minutos de (mis) risas más tarde y seguimos sin saber si podemos comprar el tarro que parece mantequilla o sigue siendo comida para perros.

Por lo menos, Laura aguantó estoicamente la explicación pillando un par de palabras de cada veinte y no se le ocurrió cortar a la mujer para decir si se lo podía explicar en inglés porque ya me estoy imaginando a la buena compradora pensando "Y esta idiota? Me pregunta en alemán y luego no sabe ni media palabra... Mejor me alejo porque estos extranjeros están locos".

Y yo también me voy a alejar porque Laura ya me está mirando mal.


Nos leemos en el siguiente,
Elliot (solo, que Laura no se atreve a compartir este)

30 septiembre 2009

No querías una ducha, pues toma dos (ACCIÓN!)

Elliot no quiere que publique esto, pero como ahora el diario también es en parte mío...

Cuando llegamos a nuestra casa danesa por primera vez, investigamos uno por uno los rincones para asegurarnos de que todo estuviera en perfecto estado. Lo estaba? No del todo, pero no fue eso lo que más nos sorprendió.

En la publicidad que nos enviaron meses atrás, nos indicaban que la habitación tenía baño propio, con ducha incluida. Así que nos sorprendimos muchísimo de no encontrarla en nuestros primeros cinco minutos de inspección casera.

Salimos a la sala común de la residencia, revisamos las habitaciones y ninguna era una sala con duchas, por si era así como funcionaban los daneses. Pero no encontramos nada parecido.
Volvimos a entrar y revisamos de nuevo el baño.

O estamos tontos o ciegos o las dos cosas, pero no encontramos nada.
Hasta que decidimos dejar la búsqueda empezada para ir a comer algo. Y yo, como buena persona civilizada que soy, me voy a lavar las manos.

Abro el grifo del lavabo y sorpresa, descubro que debajo del lavabo... está la ducha!!!!
En realidad es un cable extensible terminado en la alcachofa, pero AHÍ ESTÁ (ahí está la puerta...) Y como vemos un colgador en la pared, decidimos poner la ducha en un sitio alto, para que nos sea más cómodo ducharnos sin tener que estar estirando el cable cada vez.

Y con ese descubrimiento también nos percatamos de que todo el baño es ducha (no puertas, no cortinas), así que, nadie podrá decirnos nada si mojamos el suelo!!!!!!!!!!(ni el suelo, ni la taza, ni el lavabo ni el espejo, ni la puerta)!!!!!

Pero, atención, mis queridos lectores, atención.
Siempre que vayan a utilizar la ducha, acuérdense de apretar la palanquita que hace que el agua salga por la ducha y no por el lavabo.
Pero: ATENCIÓN!!!!!!!
Cuando vayan a utilizar sólo el lavabo, acuérdense de quitar la palanquita que hace que el agua salga por la ducha y no por el lavabo. Porque si no, les pasará como a Elliot, que se fue a lavar las manos y acabó duchándose de cabeza a pies.

Nos leemos en el siguiente,
Laura y Elliot.

28 septiembre 2009

De supermercados, estafas y pant...omimadas

Hora de ir a comprar. La nevera que nos ha tocado está tan limpia que vemos nuestro reflejo cuando nos asomamos a ella. Así que decido (a Elliot le toca hacer el vago hoy) ir a hacer nuestra primera compra.

Antes de venir para aquí, la alegría de saber que todo el mundo hablaba inglés nos llenaba y nos nublaba el juicio. Cuando aterrizas, te das cuenta de que, efectivamente, todo el mundo habla inglés, así que la alegría se te desborda. Hasta que entras en un supermercado.

Lamentablemente, la fruta, la verdura y el queso NO hablan inglés, así que todos los carteles que hay en el supermercado están en danés. Y cuánto sé yo de este idioma? Lo mínimo para darme cuenta de que es imposible de pronunciar.

Así que recorremos los pasillos dejándonos llevar por la intuición y por el tacto de las cosas. Obviamente, tontos somos un rato, pero no hasta el punto de no distinguir un tomate de una cebolla.
Pero, qué pasa cuando quieres mantequilla y no sabes distinguirla de la margarina??

Dos horas más tarde, llegamos a la caja para pagar todos los artículos. No es que hayamos comprado mucho, es que nos hemos pateado el supermercado de arriba a abajo intentando encontrar cosas baratas. Pero ya estamos avisados, eso NO lo vamos a encontrar.
Y tardamos más por la ridiculez española de querer cambiar la moneda del país por la nuestra. Para qué, si vas a tener que pagar igual? Bueno, pues nos hemos pasado otro buen rato cambiando las coronas a euros, para ver si la compra era muy cara o sólo cara.

Porque aquí por estos lares, te timan a la primera de cambio. Puedes ver en los carteles de los productos un precio como 23,95, que siempre te van a cobrar 24. Con eso de que ya no tienen las monedas de 1 y 2 øre (nuestros céntimos) pues hacen el redondeo al alza. Pero incluso con 23,75 te van a cobrar 24!!!!

Ponemos la compra encima de la cinta y se nos antoja una botellita de agua para llevar a clase los días de diario. Total, cuesta 3 coronas (0,42 céntimos) y visto lo visto, hasta nos parece barato.

Voy metiendo los artículos en las bolsas mientras voy comprobando que nos cobran correctamente (reminiscencias españolas), parece que todo está bien hasta que llegamos a la botellita de agua.
En la pantallita aparece su precio (3 coronas) y como por arte de magia, nos cobran 5 coronas.
Estoooo, WHAT????
Claro, pensamos, nos ha visto cara de extranjeros y nos quiere timar como sea.
Pero no sabe con quién se las está viendo, así que le pregunto que si nos está estafando porque en el cartel ponía claramente un 2,95 (nos damos de listos y ya sabemos que nos van a cobrar 3) pero nos está cobrando 5.
Y el cajero, muy amablemente, nos indica que algunos productos llevan un +PANT, que significa que nos van a cobrar el precio que indica + una cantidad que puede variar desde 1 corona hasta las 5 coronas.
Ahhhhh, bueno, que nos vas a estafar 2 coronas, nos estás diciendo, no?

Bueno, ya hemos aprendido, la próxima vez nos estafarán igual, pero con conocimiento de causa.

Bienvenidos a Dinamarca!!!!!!!!!!!!!!!!!!


Nos leemos en el siguiente,
Laura y Elliot.
PS: Ya lo hemos comprendido! Explico: el amigo PANT no es más que un impuesto que se paga por los envases de plástico, principalmente bebidas. Para proteger el medioambiente, se grava esta cantidad (entre 1 y 5 coronas por envase) y luego se puede recuperar (una parte, al menos) si devuelves los envases a las tiendas (hay máquinas especiales para ello).
Por eso las ciudades está siempre limpias de latas y botellas y no encontrarás ninguna en ninguna papelera, la gente que mendiga (y gente que no) se dedica a recogerlas para luego sacarse lo que buenamente pueda en las máquinas.

21 septiembre 2009

Mi caaaasa, teléfono!!

Sin acontecimientos extraños ni en el vuelo ni en el aeropuerto, llegamos Laura y yo y las dos maletas y el ordenador y la mochila a un sitio completamente desconocido y tenemos que llegar a otro sitio completamente desconocido con el aliciente añadido de que nos esperan antes de las doce de la mañana, si no, nos las tendremos que apañar para pasar toooodo un fin de semana en un sitio en el que no tenemos un techo bajo el que cobijarnos, ni siquiera un mapa para saber si tiene algún puente disponible.

A la estación de tren llegamos con una hora de tiempo, así que no puede estar muy lejos la universidad como para no poder llegar en la hora acordada. Ay, qué ingenuidad la nuestra.

En la oficina de turismo nos dan un mapa y nos indican dónde está el punto de encuentro.
Nos informan que mejor tomemos el autobús porque, no es que esté muy lejos, pero es todo cuesta arriba y con las maletas, el ordenador, los nervios y la mochila, está claro que no llegamos.

Miramos el horario de autobuses y el que nos lleva bien acaba de pasar hace treinta segundos. El siguiente, en 45 minutos y, tal y como nos explica la informadora, en Dinamarca los autobuses pasan exactamente a la hora que marca.

Vale, o vamos andando o no llegamos. Y aunque vayamos andando, no sabemos si llegaremos. En cualquier caso, miro a Laura y su cara me indica que estamos pensando lo mismo: nos imaginamos a los dos, con las maletas, la mochila, el ordenador y el mapa de la ciudad abierto intentando subir al autobús, saber qué parada es la nuestra, comprar el billete y, efectivamente, mejor corremos.

Vale, tenemos que ir de punto A a punto B, no parece muy dificil. Y no lo es, ciertamente, en menos de lo que pensamos, casi estamos en nuestro destino.
A las doce menos un minuto, tocamos a la puerta de la Oficina Internacional de la Universidad.
"Oh, habéis llegado a tiempo, casi estaba a punto de marcharme, pero os hubiera dejado las llaves en recepción, que cierra a las cuatro. Dejad aquí las maletas que tenéis que rellenar unas cosas en otra oficina".
Ehh, ¿dejar aquí las maletas? ¿Y el ordenador? ¿Y la mochila? Ya, pero... ¿estarán a la vuelta? Miro a Laura que tiene la misma cara de desconfianza española que yo, pero como el tipo de la Oficina ya lleva un pasillo y medio de ventaja, le hacemos caso y dejamos todo allí.
Madre mía, que me veo bajo techo, pero sin maletas.

Llegamos a otra oficina, rellenamos unos cuantos papeles y el chico simpático, que no deja de sonreir en ningún momento y que pongamos se llamará Mikke, nos da las llaves de nuestro nuevo hogar, nos indica cómo ir y nos acompaña de vuelta a la Oficina Internacional, donde, oh, sorpresa, TODAS nuestras cosas siguen ahí.

Nos montamos en el autobús que nos ha dicho Mikke y ya empezamos a hacer de las nuestras.
Como toda la vida, vamos a subir por la puerta principal del bús, esta es, la más cercana al conductor. Pues, oh, sorpresa 2, aquí se sube por la de atrás. O eso es lo que deducimos de un tipo que baja del autobús y nos señala hacia el final del mismo.
Ok, subimos por la parte de atrás, PERO necesitamos hablar con el conductor para que nos indique qué parada es la nuestra. ¿Por qué PERO? porque, muy a nuestro pesar, seguimos llevando las dos maletas, el ordenador, la mochila y el mapa abierto y tenemos que atravesar tooooodo el autobús, que encima es doble.
Así que nos armamos de valor y dejamos la desconfianza española ya en tierra y nos descargamos de las maletas y de todos los bultos para ir a preguntarle al autobusero.

Vale, la dirección la llevamos apuntada en un sobre, pero hemos visto que ponía algo así como Lottesvej. Y eso le decimos al autobusero: "Lottesvej". Respuesta del tipo: "EH?"
Insistimos: "Lottesvej", el tipo insiste también: "EH?"

Suspiramos y Laura regresa donde hemos dejado nuestras cosas y vuelve con el papel donde pone la dirección. Se la mostramos. Autobusero: "Ah, Lodesvai" Nosotros: "Ah". Pues eso.

Veinte minutos más tarde, el autobusero indica por megafonía lo que queremos entender por Lodesvai. Así que nos bajamos (atravesando toooodo el autobús porque se baja por la puerta de delante) y mientras lo hacemos, el autobusero nos indica que es una de estas calles, o esta o la siguiente, pero que está por aquí.

Ok, está por aquí.
Y menos mal que está por aquí porque empieza a llover y con ganas.

Media hora más tarde, la calle seguirá por aquí, pero nosotros sí estamos aquí, completamente empapados.
le preguntamos a una chica que lleva paraguas y nos acompaña hacia una calle que cree la adecuada. Llegamos, no, esta se llama Jettevej, pero no Lottesvej.
Pasamos por otra, Dortesvej. Tampoco, pero nos vamos acercando.
A la tercera, sigue sin ser la vencida, Lenesvej. Caliente, caliente.
Y, finalmente, con los zapatos chapoteando, vemos entre lágrimas y gotas de lluvia lo que parece ser nuestra calle: Lottesvej. Sí!!!

Lottesvej, bloque número 13 (para empezar con buen pie, se entiende), piso 1, habitación 8.

Llueve, hace frío, estamos agotados, las maletas pesan dos kilos más por el agua, a Laura le duele un tobillo, el mapa se ha desintegrado, las manos las tengo enrojecidas, veo el colchón. Me tumbo.
Laura se derrumba en la silla. Deberíamos llamar a casa. Pero por hoy, ya ha sido suficiente.
Mañana será otro día.

Nos leemos,

Elliot y Laura.

17 septiembre 2009

VAMOS PALLÁ!!!

Para empezar bien nuestra nueva etapa lejos del calor español y para evitar aburrir en las primeras líneas de este nuevo diario compartido, os evitaremos la tediosa información sobre cómo se desarrolló el proceso de "Elliot, sólo una pregunta... QUÉ NOS LLEVAMOS PARA PASAR CINCO MESES FUERA?????" y demás nervios de ese tipo.

Y empezaremos, como toda buena historia, por la primera aventura: embarcar en el avión (de ida, obviamente)

El billete nos dice que el avión sale a las once de la mañana, así que a las seis, Laura ya tiene abierto un ojo y yo no he podido cerrar ninguno desde ayer por la noche.

De tanto mirar si efectivamente el día de salida era correcto (no nos fuera a pasar como una que yo me sé, cuyo nombre empieza por Mar y termina por ta y espero que este año el disfraz de Halloween sea mejor que el pasado, aunque eso es fácil, viendo el resultado final), el billete ya tiene restos de mis huellas digitales, pero Laura, que es toda eficiencia en esta clase de cosas, ha tenido la precaución de imprimir el billete dos veces. Conociéndola, seguro que tiene unos cien billetes impresos, pero ya saben que más vale cien billetes en mano que... mirar cómo despega el avión desde la cafetería del aeropuerto.

El hermano de Laura, que pongamos se llama Rubén, tiene la (pa)ciencia de llevarnos a los dos y las dos maletas hasta el aeropuerto. Y, además, se prestó para llegar tarde a trabajar por esperar a que facturáramos la maleta grande.

Al llegar, nos dimos cuenta de que esos veinte minutos que pensábamos esperar, iban a ser más de cuarenta. Pero allí que plantamos nuestros nervios enmaletados y esperamos.
Bueno, yo esperé, Laura iba pensando en las mil formas de que algo saliera mal (este no es el día, o la hora, o el avión, o el destino, o el billete, o la maleta, o a o a o a o, allá van con el balón en los pies)

Hasta que nos tocó el turno y tan pendientes íbamos de que la maleta no pesara más de lo permitido, que ante la pregunta (fácil, lo sé) de la azafata "¿Ventanilla o pasillo?" no supimos qué responder. Le dio la impresión de que éramos idiotas (sólo la impresión?) y se rió de/con nosotros.
Y menos mal que le caímos en gracia porque la primera maleta pasó (17 kilos), pero la segunda, la que NO íbamos a facturar... 12 KILOS!!! Y el máximo permitido es 6 kilos.
Toda la noche haciendo pruebas, levantando la maleta una y mil veces, llegamos a la conclusión de que no pesaría mucho más de 6, a lo sumo (y resto), unos 8. Ahora veo que estamos más fuertes de lo que parece...

Pero ya está, ya la tenemos montada, Laura ve cómo el avión despega sin ella dentro, y yo veo cómo mis lágrimas comienzan a asomarse (Hola? Hay alguien ahí?).
Madre mía, la única opción que teníamos era quitar el ordenador, pero sólo pesa dos kilos y no soy de mates, pero si a 12 le quitamos 2... me da que sigue sin poder pasar por equipaje de mano!

Pero, que la gente te considere idiota a veces juega en tu favor, y la señora azafata, se apiadó de dos tontos mu tontos e hizo la vista gorda. Así que facturamos las dos maletas sin pagar los 9 kilos de más. Ya lo dice el refrán... pilla fama de tonto y vuela sin pagar exceso de equipaje!

Ya estamos en el avión y hemos preguntado a tres personas distintas si es el que va a nuestro destino. Las tres respuestas han coincidido en un sí, así que...

VAMOS QUE NOS VAMOS!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Nos leemos en el siguiente,

Elliot y Laura.

05 agosto 2009

Madre mía, qué malo es el sueño.

Son las ocho menos diez de la mañana.
Acabo de llegar a la empresa en la que hago las prácticas, pero hoy es un día especial.
Es mi último día.

Me siento en la silla.
Dejo la mochila en el suelo.
Abro un ojo.
Enciendo el ordenador.
Cierro el ojo.
Abro el otro ojo.
Abro los dos de golpe porque se me olvidó quitarle el sonido al ordenador y la bienvenida de Windows me pega un susto de muerte.
Espero a que se ponga en marcha el ordenador.
Espero a que se ponga en marcha el ordenador.
Cierro un ojo.
Espero a que se ponga en marcha el ordenador.
Cierro el otro ojo.
Espero a que se ponga en marcha el ordenador.
Creo que me he dormido.
Ordenador me indica que ya se ha despertado él también.
Abro un ojo.
Muevo el ratón hasta Inicio.
Ojo se me cierra.
Le doy a Inicio.
Abro el otro ojo.
El ratón se mueve hasta Apagar.
Cierro el otro ojo.
Windows me chilla que se apaga.

Vale, estoy idiota.
Otros diez minutos para, ahora sí, encender el ordenador (sin quitar todavía el sonido, la musiquita de Windows no se me va a ir en todo el día) e intentar ponerme a trabajar.
Hoy va a ser un día muuuuuuuuuuuuuuuuy largo.


Nos leemos en el siguiente,
Elliot.

07 julio 2009

ALTA TENSIÓN!!

Los padres de Laura se han ido de vacaciones y el avión lo han cogido aquí, así que el sábado vinieron en autobús y fuimos a buscarlos.

La odisea ya comienza pronto, cuando tarde, nos damos cuenta de que hoy es un día complicado para coger el metro justo en la línea que necesitamos coger. Pero allá que vamos. Total, vamos con un montón de tiempo de antelación. ¿Qué puede pasar?

Esperamos el metro. Nos subimos. Nos sentamos y desconectamos del mundo.
Nos despertamos levemente para escuchar que la próxima estación es una que NO deberíamos pasar porque nosotros vamos hacia el lado contrario. Nos aseguramos de que así es y... efectivamente, vamos hacia el lado contrario al que deberíamos.
Miramos el reloj. Queda tiempo.

Cambiamos de andén. Y volvemos a esperar el metro, esta vez en la dirección correcta (o eso esperamos...)
Pasa uno, hasta arriba. Lo dejamos.
Pasa otro, puede que hasta más arriba que el anterior. Claro, los que han dejado pasar el anterior metro no han querido esperar más. Pero nosotros sí. Seguimos dejando.
Pasa otro, miramos el reloj, miramos a la gente que se apiña en los vagones. Volvemos a mirar el reloj, nos miramos, lloramos un poco y nos metemos. No respires, no respires, que si no no entramos!!!

Y en la segunda estación: nos paramos. Genial. Obviamente, el tiempo no es infinito y ya vamos a llegar tarde, por lo menos diez minutos.
A los cinco minutos de estar ahí encerrados, decidimos avisar al otro integrante de la familia que iba a buscar a los padres de Laura. "¿Dónde estáis, ya en la estación?Nosotros llegaremos tarde, pero bueno, no pasa nada, ya os llamamos para saber dónde estáis"

Menos mal que hay cobertura y podemos enviar el mensaje.

Pero nuestros ojos se abren como los de los dibujos animados cuando recibimos la respuesta: "Nosotros estamos en casa. Dijeron que ibais vosotros!"

Oh, oh. Nosotros, los que íbamos (así en pasado) a buscarlos, estamos encerrados en un vagón lleno de gente. Ya han pasado diez minutos de la hora. Y no tenemos ni idea de cuándo arrancará esto!

Una nueva llamada (señora, quíteme su oreja para que pueda levantarle la pestaña al señor y así pueda pulsar el botón verde del teléfono) para avisar de que llegaríamos tarde y que nos esperaran.

Finalmente, todo termina bien. Laura y yo seguimos respirando y los padres de Laura ya están de vacaciones (otra historia que debe ser contada en otra ocasión).

Pero vaya tensión absurda en una tarde de sábado!

Nos leemos en el siguiente,
Elliot.

02 julio 2009

A la zapatilla por detrás ¿o era la plantilla por detrás?

Caminando iba ayer por la mañana cuando sentí que algo me rozaba el bajo del pantalón.

Enseguida Dudas me asaltó: ¿Qué puede estar rozándome el bajo del pantalón? ¿Un perro? ¿Un gato? ¿Un hámster? ¿Cualquier otro de los bichos del mundo animal? ¿Un charco? ¿En verano, a 40 grados? (Dudas tiene mucha imaginación)

Obviamente, no podía ser, así que al llegar a la parada del autobús que tenía que llevarme al sitio donde hago las prácticas, me observé detenidamente.

Cuando vi lo que me estaba rozando el bajo del pantalón y ya parte de mi pierna, no me lo podía creer:

¡¡¡¡¡MI PLANTILLA ESTABA INTENTANDO HUIR DE MI!!!!!

Parece ser que a la plantilla no le gusta el sitio en el que le ha tocado vivir e intentaba reptar por detrás de la zapatilla hasta que consiguió sacar casi la mitad de su cuerpo.

A punto de perder la plantilla para mis sufridos pies, me subí al autobús y me senté en el último asiento para poder sacarme la zapatilla, regañar a la plantilla mientras la volvía a meter en su sitio y me planteaba pegarla a la suela de la zapatilla para que esto no volviera a ocurrir.

Pero como no me gusta obligar a nadie (ni a nada) a hacer lo que no quiera, he optado por dejarla en paz durante una temporada y que sea libre a pesar del susto que me ha dado.

Hay que comprenderla, no es un trabajo muy grato, yo también intentaría huir.

Nos leemos en el siguiente,

Elliot.